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25 novembre

La destruccion

Sin cesar a mis lados se agita el demonio

 Nada a mi alrededor como un aire impalpable; Lo trago y lo siento que abrasa mi pulmón

 Y lo llena de un deseo eterno y culpable.

 A veces, toma, sabiendo mi gran amor al Arte,

 la forma de la más seductora de las mujeres,

 Y, bajo especiosos pretextos de hipócrita,

acostumbra a mi labio con filtros infames.

 Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,

 jadeante y destrozado de fatiga, en medio

 de las llanuras del aburrimiento, profundas y desiertas,

 y arroja en mis ojos llenos de confusión

 vestidos manchados, heridas abiertas,

 y el aparato sangrante de la destrucción.

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11 novembre

Sueños transversales( fantastico relato de Guillermo del Zotto)

Durmiendo debajo de la cama, el perro se sueña lobo.
Un lobo perseguido. El frio del piso del piso se filtra por sus patas imprimiendo reflejos que el usa para huir como un lobo.
La madrugada enfria aun  mas el ambiente. El lobo-perro aprieta los ojos y los dientes. Corre. Corre infinitamente. En ese sueño que se eleva como un globo.
Sobre la cama, encima del perro dormido, sus dueños sueñan. Ellos tienen sueños mas tibios. Se mueven  dormidos, acomodan sus cuerpos de acuerdo a sus sensaciones. Sin la simpleza del sueño canino, pulsan la memoria, recorren angustias y se someten  a una libertad asfixiante.
Interpretan un espacio-tiempo infinito que los aleja, les separa las partes. Tantas imagenes no caben en el sueño que al despertar recordaran mutilado. Ellos sueñan cosas distintas, pero sueñan lo mismo. Sobre sus cabezas hay un encuentro de ambos sueños, que ahora flotan inmoviles y se enlazan en ceremonia onirica. Y comienzan a subir convertidos en nube.
El ladron duerme y sueña sobre el tejado que esta encima de la cama de los dueños, que esta encima del perro. Duerme porque no supo utilizar el momento oportuno. Duerme porque hubo una semana de terrible actividad . Duerme en una posicion inverosimil que une un estado de alerta con la pose infantil de un escolar aburrido.Duerme y sueña. En su sueño hay peces. Peces blancos por el frio.La madrugada le pulsa reflejos helados en los pies, que reaccionan por logica profesional.
En su sueño hay peces y el- no sabe bien porque- se convence que es lobo.
Que es lobo y huye.
 
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10 novembre

La situacion de las personas sin techo y la locura( nota del diario pagina 12)

 

Lo llamaré Jesús, aunque no tenía la edad de Cristo. Se parecía más a uno de los bandidos que acompañan a Jesucristo en la estampa de la crucifixión. Vivía desde hace años a la intemperie, en la Plaza Congreso. Vivía sobre colchones viejos, frazadas, trastos, siempre alcoholizado. Allí, en su morada, lo entrevistábamos, desde el Programa Buenos Aires Presente (BAP). Este programa pone a disposición de las personas en situación de calle –sin obligarlas– recursos habitacionales: paradores nocturnos, hogares de tránsito.

Esto pasó hace cinco años. El deliraba: decía que era Cristo, que era el Redentor. Flaco, huesudo, lo seguía una banda de apóstoles tan desangelados como él, hermanos de la calle que convivían ahí, podando ramas del ombú para hacer la fogata de cada noche, fortaleciendo y reafirmando su pertenencia al lugar. Pero no era una ranchada como otras de los que duermen en la calle, donde a menudo hay cierto nivel de diálogo y de organización: uno “manguea”, otro va a buscar el tetrabrik. En ésta no, no había comunicación, sino gritos, sinsentidos, parloteo de lo real, alguno saltaba con un delirio y todos lo seguían, la locura en la calle; y Jesús era el líder.

La técnica de los encuentros periódicos consiste en un acercamiento paulatino para crear algún vínculo de confianza y de reconocimiento mutuo, brindar un espacio de filiación, un lugar de identidad, un nombre, algún alojamiento posible en las preguntas para elaborar alguna estrategia de abordaje institucional. Una vez, después de muchos encuentros, me dijo cuál era su número de DNI, que no había olvidado. Con ese dato pude saber que había padecido una prolongada internación en el hospital Borda. De allí, según la historia clínica, se había “fugado”. Un día de verano después de varios meses de visitas, me llamó la atención una gran cantidad de lastimaduras en el pecho y los brazos. ¿Qué eran? Fue inútil preguntarle.

Jesús hizo lo mejor que podía hacer: irse, “fugarse” del manicomio. La locura es loca pero no tonta y, hacía un año, había ido a buscar en la calle el alcohol y alguna identidad.

Y recuperó identidad en esa plaza. Allí, en aquel grupo fue líder y fue redentor.

Una noche, en el marco de un gran operativo municipal de limpieza y puesta a punto de espacios y paseos públicos, le tocó a la Plaza Congreso: convocaron al BAP para atender a las personas que dormían bajo el ombú, mientras se realizaba la tarea. Supuse que el despliegue iba a descompensar a Jesús. Despertarlo en medio de tantos vehículos oficiales, máquinas y luces iba a ser difícil. Me acerqué. Dormía. Vi que estaba abrazado, como con cariño, a un objeto que no alcancé a distinguir. Entonces Jesús despertó: “¿¡Qué pasa!?”. Se levantó, con la sorpresa se destapó y, entre los empleados municipales boquiabiertos, pude ver lo que Jesús abrazaba: una rata gigante. El animal no se movió de su lado, mientras Jesús nos increpaba a los gritos. La rata estaba como domesticada, pero recordé las lastimaduras de Jesús: eran mordeduras. El animal se estaba comiendo al hombre. El objeto al sujeto.

Jesús, “el fugado” del Borda, armó un mono con todos sus derechos vulnerados y se fue a recuperar algo debajo del ombú de Plaza Congreso. La distancia entre irse al ombú y quedarse en la cama de un pabellón del Borda puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Frente a la Institución con I mayúscula que fagocita, la fuga de Jesús, con su cruz, muestra el síntoma institucional. El acto de fuga parece ser en sí mismo una suerte de delimitación o rechazo: crear un afuera que devuelva subjetividad frente al goce institucional. Una sublevación. Ahí la fuga actúa como defensa, y Jesús pudo adueñarse de un séquito de apóstoles en el Congreso y domesticar un roedor. Entre la Institución que fagocita identidad y la rata que lo devora a él, hay una ecuación de lo real que en el acto del fugarse intenta ser domesticada.

La institución psiquiátrica no le ofreció una filiación y no le permitió una salida articulada en forma tal que Jesús no terminara en la calle. Esto se hubiera obtenido simplemente por el cumplimiento de la Ley 448 de Salud Mental de la ciudad de Buenos Aires, que requiere internaciones breves y detalle el proceso de externación que incluye el ofrecimiento de lugares de albergue (ver recuadro). No hubo para Jesús una ayuda profesional que lo contuviera y lo permitiera construir un proyecto que lo integrara a la vida. Entonces, “fugado”.

En el lugar de la plaza donde Jesús eligió asentarse, casi cien años atrás, hubo una revuelta de los anarquistas, que fue reprimida con una matanza a manos de las fuerzas policiales comandadas por el entonces jefe de policía Ramón Falcón. La consigna anarquista que obraba en el diario La protesta decía: “Esto no puede morir en silencio. No, y mil veces no, el pueblo no ha de dejarse matar como mansa bestia. Incendiad y destruid sin miramientos. ¡Vengaos, hermanos!”

Las casas de convivencia y los recursos sociales no bastan por sí solos, no bastan, si los profesionales no somos capaces de adecuar nuestras prácticas. Frente a la domesticación institucional, sostener el concepto de lazo social. Ser capaces de armar redes, sostenerlas y darles continuidad a esas redes. Ser creativos a la hora de pensar recursos para esas redes informales que los sujetos nos proponen y que trascienden lo institucional. La persona que está ahí, cronificada en las Instituciones, entregó sus derechos para ser asistida por el Estado. El lazo social permite habilitar preguntas, un ¿por qué no? que permita, a un “cualquiera”, recuperar su singularidad, su condición de ser alguien.

Una premisa fundamental es no expulsar lo que incomoda. Que el Estado, a través de quienes somos sus agentes, otorgue filiación a ese a quien se pretendió, ferozmente, desafiliar. Debemos reconocer que, muy probablemente, el Estado deba acompasar los tiempos de estas personas, a veces, durante todas sus vidas. Ellos se quedarán, pero no se trata de que se queden en las instituciones; ése es el pensamiento más desafiliatorio. Se quedarán en nuestra práctica profesional. Esa es una forma de dar alojamiento a la locura. Afiliar ha de ser una tarea cotidiana y perseverante con ese prójimo que, si se cansa de esperar, nos denuncia con su fuga.

* Psicóloga. Ex coordinadora del Programa Buenos Aires Presente (BAP). patmalanca@yahoo.com

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04 novembre

Gorilas ( H. Gonzalez, pagina 12)

En estos días se ha escuchado la palabra gorila, como si se evocase ese lejano aullido que por las madrugadas sobresalta a los vecinos del Jardín Zoológico. Mejor seguir durmiendo, el sinsabor llega en sordina y nos tranquiliza saber de dónde proviene. Pero cuando en no pocas conversaciones actuales ha resurgido ese mismo epíteto –esa invocación o gracejo que les hace un guiño a los entendidos–, es momento de preguntarnos por la vieja encrucijada de la historia argentina. ¿Qué son los gorilas? ¿Es posible definirlos? ¿Se puede seguir usando ese concepto en la política nacional?

En su surgimiento, la idea pareció apropiada. En la vasta zoología totémica de la política argentina –el Peludo, el Zorro, la Yegua, el León (herbívoro), etc.–, se juega el turbio desprecio o la apología pródiga. Decir gorilas y gorilismo era una crítica dirigida a quienes renunciaban a la reflexión aun pensando. Lo hacían en nombre de una obstinación oscura, de un arranque de furia que les impedía comprender. Paradójicamente, la acusación de gorilas era un llamado a la razón. Sólo que quien reclamaba comprensión pedía también que se plegara a múltiples exigencias que los perezosos o los egoístas no estaban en condiciones de practicar.

Palabra compleja de la teoría política del denuesto, gorila es un vocablo altamente especializado, de gran jerarquía epistemológica pero con fuerte capacidad de entrevero. Era una acusación surgida de los débiles, que reclamaban esfuerzos especiales para que se entienda qué hacían ellos en la historia y qué deseaban decir. Si los débiles y desaventajados subían por una vez a un carro brioso de la historia, podía suponerse que lo hacían en medio del apresuramiento, la vehemencia y las dignas equivocaciones. Las críticas que recibían debían considerarse entonces como desmesuras ociosas de los que descartaban un orden conceptual más depurado para interpretar los defectos o desvíos creativos de la historia. Podían ser intelectuales o sutiles caballeros munidos de literaturas y ensalmos, pero al no saber ubicarse frente al “aluvión”, también debían ser objeto de un llamado de alerta. Eran gorilas a pesar de sus sapiencias, o quizá gravemente por ellas, en el caso en que no llevaran a echar luz sobre la imperfecta pero batalladora vida, popular. ¿Qué sapiencias eran entonces? Difícil, casi irresoluble dilema, porque también podía ser esa imputación de gorila la forma de no oír una crítica justa. Se proclamaba que el gorilismo era una captación disminuida de la realidad por obra de una ceguera emotiva y moral. Al revés, las criaturas despreciadas que irrumpían en la historia como si fueran festivos campesinos medievales luego de siglos de sumisión debían contar con un hándicap que compensase a un nivel adecuado el juicio sobre sus realizaciones. Si ello no existiese, era una demostración de que un universalismo cultural de apariencia indiscutible podía mostrar su estrecha raíz de clase, así como una herencia intelectual bien planteada, incluso de izquierda, al renegar de un necesario buceo en el “subsuelo sublevado” de la sociedad, podía servir a la reacción. Afirmar en esas situaciones que había gorilismo implicaba mostrar que la política bajaba un eslabón en la escala del conocimiento para envolver con una fría mortaja a quienes se sentían, por el contrario, en la cúspide del esprit de finesse.

Así, los que rechazaban la reflexión –aunque fueran hombres ilustrados, doctos y refinados– se excluían del esfuerzo cultural profundo que era el de entender al pueblo, mereciendo el mote de gorilas. Ese destino albergaba por un lado a los que infligían un daño al propio pensamiento, aun siendo hombres cultos, y por otro lado, a los que imitaban estilos de clases elegidas y poseedoras, aun siendo progresistas en muchos aspectos literales de su vida.

Ahora bien, este armazón tan arduo en materia de identidades y conocimiento, que tiene la apariencia de una colorida espontaneidad, parece asomar de nuevo. No es aconsejable que tal cosa ocurra en estos tiempos. Ya Jauretche había adelgazado al máximo y pulido de manera extraordinaria el concepto, al traducirlo por “medio pelo”, esas culturas del prestigio un tanto vacuo y tilingamente amasadas. Pero algo pasó. En las recientes elecciones volvieron viejas tesis de sospechoso aroma autocrático. ¿Liberar con las clases prestigiosas el voto popular enclaustrado en enormes parajes alienados? Más o menos así se lo dijo. El país entero ha sido ofendido cuando se reclama un sujeto liberador encarnado en las clases medias y altas, “urbanizadas”. Si tales regiones sociales existieran tan nítidamente, ellas deberían rechazar ese insultante mesianismo, por lo demás impracticable. Aflora pues la realidad de los bastiones urbanos que refugiarían in extremis la dignidad republicana, condottieri, al rescate del “voto cautivo”.

Peligrosa escisión, jacobinismo de derecha que conviene ver con preocupación antes que solazarse con él y darle cristalización teórica. Todo parecería preparado para una formidable regresión cultural, frotada por los síntomas emboscados y por qué no luctuosos, que tantas veces albergó la historia reciente. Pero retejer otra vez los hilos de un sentido nacional y democrático, sin repliegues hacia los cómodos diccionarios antepasados, exige salirnos de los costumbristas tributos que ciegan una comprensión más rigurosa de lo que, en la edad mediática, es hoy el enjambre de sectores y segmentos culturales. Los ámbitos socialmente más encumbrados especializaron su lenguaje con extensos pactos, con calladas metáforas de exclusión y con léxicos de una ilustración que esconde deficiencias vitales en su autosuficiencia. O peor, considerando su propia banalidad como autoafirmación espirituosa. Criticarlos supone una tarea de nuevo tipo, con vocablos originales y disposición despojada de las rutinas cíclicas del antiguo alambique nacional.

Al mismo tiempo, la vida popular debe retomar la reflexión sobre su dormido papel pedagógico ante las demás clases sociales. Debe acudir al espíritu que desde el siglo XIX, y aun antes, la ve como sede de una desprotegida prole, creada por el trabajo y los oficios productivos seriados, que debe superar su propia resignación, aun cuando esté desposeída o deficientemente representada. Debe extraer de ello motivos democráticos que se expandan más allá de ella misma. Debe enraizarse en temas de justicia y equitatividad social que, al reclamarlos en particular para ella, se extiendan en verdad para todos. Debe mostrar que sigue siendo un sujeto que resurge vivamente de lo que parecerían formas dóciles de acatamiento, señalando a los demás sectores culturales –cuyo consumo de símbolos no tiene la libertad que alardean– el camino posible de una emancipación.

A las clases populares no las salvarán otros emblemas que no sean los de ellas mismas. Y a la par que obtengan representantes cada vez más sensibles, podrán generar el verdadero lenguaje de una digna confrontación que busque con firmeza sus propios nombres y los nombres que auxiliarán a las otras experiencias sociales a repensarse a sí mismas. Podrá recibir nuevas injurias, pero si se abstiene socráticamente de lanzar las ya agotadas, ayudará sin escarnio a reflexionar a los presumidos y tinterillos que hacen sonar las profecías de libertad como enigmáticas amenazas. Estos últimos se creerán modernos pero serán arcaicos frente a las formas activas de conocimiento social, político y artístico. Y los arcaicos –a los que se creía prisioneros de las urnas tradicionalistas– serán modernos en cuanto superen la tentación del epíteto fácil y encuentren su tesoro perdido, su sereno vanguardismo.

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