Profilo di Paolola libertad no esta mas ...FotoBlogElenchiAltro ![]() | Guida |
|
28 aprile Life In A Northern Town- Dream AcademyA salvation army band played
Lou Reed- y las morochas dicen du,du,du,du...Camina Por el Lado Salvaje 17 aprile Napalm Girl ( Pagina12)
La mañana del 8 de junio de 1972 el fotógrafo vietnamita Nick Ut se presentó como todos los días en el edificio Eden, donde estaban las oficinas de Associated Press en Saigón, y partió hacia el destino que le encomendaron para esa jornada: la aldea de Trang Bang, unos cuarenta kilómetros al noroeste de la ciudad, donde se anunciaba una inminente ofensiva del Vietcong. Ut iba solo con el chofer en una de las camionetas de AP (la guerra ya había entrado en su última fase y la mayoría de los corresponsales europeos la habían dado por definida cuando los norteamericanos comenzaron a evacuar su artillería pesada). Unos kilómetros antes de llegar a la aldea, Ut y el chofer se toparon en la ruta con un contingente de aldeanos que a pie, en carro o bicicleta abandonaban la zona. Un poco más allá, el viaje llegó a su fin: las tropas sudvietnamitas y los vehículos de prensa esperaban en medio de la ruta que la aviación bombardeara la aldea que se suponía ya ocupada por el Vietcong. Pocos minutos después tuvieron ante sus ojos un espectáculo familiar: el fogonazo de fósforo blanco preanunciando la llamarada de napalm. Sólo les llamó la atención que no se oyera, entre el estruendo, el sonido de las armas antiaéreas del Vietcong defendiéndose. Lo que sí oyeron, en cambio, cuando los aviones se perdían en la lejanía, fueron los gritos espeluznantes de un grupo de niños de la aldea que irrumpieron de la espesura al medio de la ruta. Una de las criaturas se había arrancado la ropa en llamas y trastabillaba desnuda, aullante y con los brazos abiertos, entre soldados que miraban para otro lado. La nena se llamaba Kim Phuc, tenía nueve años y era hermana del chico de trece que se ve a la izquierda de la foto. Mientras Ut disparaba su cámara, entendió que era a ese hermano a quien gritaba la nena, y lo que decía era: ¡Nong qua, nong qua! (“¡Quema mucho, quema mucho!”). Ut y el chofer lograron detenerla y le echaron el agua de sus cantimploras en el cuerpo. Después la cargaron en la camioneta y arrancaron hacia el hospital de Cu Chi. Sabiendo que los médicos atendían a las víctimas de napalm de acuerdo a su gravedad (léase: sólo a los que tenían chances de sobrevivir), Ut mostró su credencial de AP, disparó un par de veces su cámara, dijo que volvería en unas horas a verificar el estado de la nena y siguió viaje al edificio Eden, en Saigón. Las fotos se revelaron a las apuradas en el cuarto oscuro de AP, se enviaron como radiofotos a Tokio y de allí a Nueva York, donde se produjo una gresca importante entre los editores, que se negaban a dar un desnudo frontal. El legendario Horst Faas, llegado a Vietnam desde Argelia en 1962 y jefe de AP en Saigón, les gritó por el teléfono que aquello era material para Pulitzer si le hacían caso y mantenían el encuadre amplio de la foto, sin hacer close-up en la nena. Así fue como se publicó la foto, así dio la vuelta al mundo, así ganó el Pulitzer en 1973 (aunque erróneamente atribuida al fotógrafo norteamericano Nick Pat, cosa que se corregiría tres años después). La imagen era tan estremecedora que el propio general Westmoreland, comandante militar de las tropas norteamericanas en Vietnam, debió salir a declarar que se trataba de “un incidente estrictamente doméstico”: las tropas sudvietnamitas creyeron que el Vietcong seguía en la aldea cuando bombardearon; ningún soldado norteamericano había participado en la operación. Para los yanquis se trataba de evitar a toda costa otro escándalo como el de My Lai (Westmoreland llegó al extremo de informar los nombres de la tripulación de la nave, perteneciente al escuadrón 518 de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur, con base en Bien Hoa). Aun así, la pequeña Kim Phuc se convirtió en un “símbolo nacional de la guerra” que el gobierno comunista vietnamita supo utilizar con eficacia en los años siguientes. Y no sólo para uso interno: en el décimo aniversario de aquella foto, la revista Stern ofreció pagar el proceso de cirugía reconstructiva de Kim Phuc en Alemania Occidental (un total de diecisiete transplantes) a cambio de una exclusiva. Y, a mediados de los ’80, la agencia Prensa Latina anunció que Kim Phuc estaba en Cuba estudiando farmacología, en un programa de intercambio estudiantil socialista. Mientras tanto, Nick Ut había logrado subir a uno de los últimos helicópteros que dejaron Saigón en 1975, fue a parar a las Filipinas y después a un campamento de refugiados en la base marine de Pembleton, donde logró que Associated Press lo rescatara y lo contratara para su filial en Los Angeles (donde trabaja hasta el día de hoy). Antes de dejar Saigón, Ut había pasado un par de veces por la aldea de Trang Bang y así se había enterado de que, contra todo pronóstico Kim Phuc había sobrevivido y se recuperaba lentamente de sus heridas. Pero sólo volvió a verla en 1987, cuando el Los Angeles Times le propuso una reunión con Kim en Cuba, a quince años de la famosa foto. Poco más tarde, sonó el teléfono en medio de la noche en casa de Ut en Los Angeles: era Kim desde Canadá. Había pedido asilo político cuando el avión de Cubana en el que iba de vacaciones a Moscú paró a recargar combustible en suelo canadiense. Ut hizo los llamados pertinentes y logró que Kim Phuc pudiera quedarse a vivir en Ontario junto a su marido norvietnamita, Bui Hu Toan, a quien había conocido y con quien se había casado en La Habana. Nick Ut volvió a Vietnam dos veces: en 1993 inauguró la corresponsalía en Hanoi de Associated Press y en 2002 estuvo en Trang Bang, donde sigue viviendo la familia de Kim Phuc, a sólo unos cientos de metros del bombardeo que destruyó la aldea en 1972. Mucho ha cambiado desde entonces en la zona: la ruta es más ancha, el templo Cao Dai es más alto, hay electricidad y agua corriente y hasta televisión satelital en el pueblo. Phan Thanh Tam, el hermano mayor de Kim Phuc que aparecía a su lado en la foto, hoy tiene 41 años y atiende un bar al aire libre en el preciso lugar de los hechos, a un costado de la ruta. Cada vez que le piden que pose junto a la famosa foto, que tiene enmarcada a su espalda, acepta con una sonrisa y ofrece el libro de visitas, donde figuran las firmas de los muchos periodistas que lo han entrevistado. Pero las ganancias que deja el bar son más bien exiguas: hace poco debió cancelar su línea telefónica y sólo se comunica con su hermana por carta. En cuanto a Kim Phuc, en 1997 fue nombrada embajadora de Buena Voluntad de la Unesco, en 1999 se publicó un libro sobre ella (The Girl in the Picture, escrito por Denise Chong) y en 2002, luego de ser recibida por la reina de Inglaterra, creó la Fundación Kim para Huérfanos de Guerra, financiada con donaciones voluntarias, con sedes en Ontario y Chicago. Pero hasta el día de hoy no ha vuelto a su país natal: “Todavía no estoy lista, ni emocional ni financieramente”, declaró la última vez que fue requerida por la prensa, el 8 de junio de 2007, fecha en que se cumplían 35 años de aquella foto que simboliza como ninguna otra las atrocidades de Vietnam. Ironía de ironías: ese mismo día, Nick Ut logró por segunda vez en su vida que una foto suya ocupara la primera plana de los más importantes diarios norteamericanos. Era la imagen de otra chica que lloraba y gritaba histéricamente. Pero no se trataba de una imagen de guerra; ni siquiera de un evento trágico: era un primer plano de Paris Hilton, ingresando dentro de una limusina al Departamento de Justicia de Los Angeles, a cumplir su condena de 23 días de prisión.
16 aprile Se necesita un amigo (Vinicius de Moraes)No es necesario que
sea hombre,
14 aprile Sobre el Cuento (Julio Cortázar)
Carta De Un Soldado Argentino(Shepherger-usuario full user-taringa.net)(José Luis del Hierro
tenía 19 años en 1982. Había terminado el colegio secundario en el
Instituto Peralta Ramos de los hermanos Maristas de Mar del Plata. Como
estaba estudiando Ingeniería en la Universidad de La Plata, hizo el
servicio militar en el Regimiento 7 de Infantería de la capital
bonaerense, “para no perder el año...”. José Luis del Hierro había sido dado de baja en noviembre de 1981 y fue reincorporado el 9 de abril de 1982. Murió en la madrugada del 14 de junio de 1982, cuando las tropas se replegaban hacia Puerto Argentino, bajo un cielo iluminado por el fuego de las bombas. La familia Del Hierro lo fue a buscar a la puerta del Regimiento una semana después, porque nadie del Ejército avisó sobre la suerte que corrió. Lo estuvieron esperando desde las 8 de la mañana, junto a otros familiares. En la madrugada del día siguiente llegaron unos pocos colectivos, pero José Luis no bajó. Ahí empezó el derrotero de la familia en su búsqueda. Pasaron nada menos que nueve meses sin noticias. Desesperados, decidieron que papá José María viajara en marzo de 1983 a Ginebra, sede de la Cruz Roja Internacional. Fue allí, fue la Cruz Roja, la que informó que José Luis del Hierro había muerto. Y que su cuerpo había sido sepultado en las Islas Malvinas, después de estar cubierto por la nieve durante cinco meses. 25 años después, es la primera vez que se cuenta la historia de José Luis. Unica. Universal. Lo último que escribió Islas Malvinas 7/06/1982 Queridos papá, mamá, Juani y Juanjo: Perdonen que hace 8 días que no les mandaba nada, pero aquí nos dijeron que no sale ni entra nada. Yo igual voy a intentar mandar una. Sí, me llegó telegrama del 24 de ustedes y de Cristina y también me llegó ayer uno del 29 pero no se entiende nada, no está firmado pero pienso es de ustedes. La última carta de ustedes de Mar del Plata es del 11/04 y después nada más. Mi última carta es la que les mandé desde el hospital el 29/04 o el 30/04. Me imagino lo preocupados que ustedes estarán por las últimas noticias. Es cierto que los ingleses están muy cerca, pero a mi puesto de combate les juro no me ha venido ninguno a “visitar” y espero no lo hagan. Hay que seguir rezando y pidiendo a la Virgen para que esto se arregle en “paz” y se acabe ya. Cada vez tenemos más ganas de volver cada uno a su casa sea como sea, ganando o perdiendo, pero volver y pronto. Al final se nos quedó en el tintero el viaje, pobre papá, tanto juntar y organizar y yo le tiré abajo todo, aunque deslindo responsabilidades en el loco de nuestro presidente y su desvelo de grandeza. Acá todos, pero todos, lo agarraríamos del fundillo de los pantalones y lo pondríamos como nosotros 55 días; en estos pozos. Y yo con él a todos esos patriotas de ciudad que por lo que ustedes dicen allá está minado. Acabé el discurso. Ja. Ja. Espero yo llegar de esto, antes que la carta, así no los preocupo más con esto, pero es hora que sepan lo que pensamos nosotros de Malvinas. Bueno nada más, besos y abrazos para los cuatro, siempre, siempre los tengo en mis pensamientos. Los quiero mucho. Chau, José Luis 25 años después José Luis no llegó ni antes ni después de ésta, su última carta. Se quedó allí, en las Malvinas, y hoy es una de las tantas cruces de argentinos en el cementerio de Darwin. Hoy ni mi mamá ni mi papá están con nosotros. Se fueron con él, demasiado pronto, demasiado jóvenes, ya que no pudieron soportar una ausencia tan larga. José Luis, mi hermano, no quería ir a la guerra, no quería ponerse la ropa de combate, camuflarse, matar gente… No quería pelear con un enemigo que escuchaba la misma música que él: Queen. No quería ser –como fue su destino– “un héroe de Malvinas”. José Luis, a sus 19 años, estaba iniciando la carrera de Ingeniería Aeronáutica en la Facultad de Ingeniería de La Plata. Quería ser un profesional, formar una familia y vivir la vida que Dios le había dado en esta bendita tierra. Pero, lamentablemente, en el año ’82 el presidente de aquel entonces y el patriota de ciudad –al cual vos te referís en la carta– invadieron las Malvinas y fueron de celeste y blanco a la Plaza de Mayo. Ellos, los patriotas de ciudad y su presidente, les gritaron a los ingleses “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, pero lógicamente desde Buenos Aires, bien lejos de la guerra. Ese patriota de ciudad fue exitista al comienzo del conflicto, pero una vez que se perdió la guerra, les dio la espalda a los ex combatientes en su vuelta al continente, porque no podía aceptar la derrota. Fue por eso que se sentó delante del televisor a ver el Mundial de España ’82, ya que para él Malvinas había terminado, mientras vos quedabas tirado bajo un desolado manto de nieve y nosotros te buscábamos durante un año, por nuestro país y por el mundo sin saber qué había sido de vos. Tu patriota de ciudad, José Luis, hoy sigue caminando por las calles que vos y tus compañeros caídos no pueden caminar, y sigue poniéndose la escarapela bien grande para todas las fechas patrias, aunque aproveche ese día para tomarse un fin de semana largo de descanso. Tu patriota de ciudad llena un lugar en los palcos oficiales, en las calles, para repetir una vez más, en estas fechas, que las Malvinas son argentinas y cantar el himno bien fuerte, especialmente la parte que dice: “...con gloria morir”, siempre y cuando no le toque a él, porque él debe seguir siendo un patriota. Asimismo, el cobarde indolente y mariquita de uniforme bien planchado que te mandó al frente con hambre y frío, mientras él planeaba desde su bunker con calefacción y buena comida cómo vos tenías que resistir en una trinchera, hoy –ese mismo criminal– está entre nosotros, condecorado como un valiente… militar. Gracias a vos y a tus compañeros hoy vivimos en una democracia que nos permite decir lo que en la guerra y en el regimiento no podías manifestar, pero lo sentías. Hermano, debo decirte la verdad: lamentablemente tenías razón, tu patriota de ciudad no te respetó, te mandó a la guerra y te olvidó. Los únicos que te respetamos, que te queremos y no te olvidamos somos tu familia, tus amigos y tus compañeros, “los soldados ex combatientes” que sufrieron y sufren al patriota de ciudad igual que vos. Quedate tranquilo, para nosotros también estás, siempre, siempre, en nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Un artesano de pesadillas(pagina12)“Todo lo de los ganchos, la costura de labios, la mujer saliendo del cerdo muerto, todo ello es real”, dispara con naturalidad José Mojica Marins, fundador del cine de terror brasileño que llegó al Bafici para presentar Encarnaçao do demonio (Encarnación del demonio) en la sección Nocturna. Su hijo y asistente, Crounel, lo confirma. “Cuando estoy por filmar una película, convoco desde mi programa de televisión a todos los que hacen cosas extrañas”, explica el veterano director. Así, para esta ocasión sumó a un performer especializado en clavarse cosas en el cuerpo. Si el espectador siente deseos de cerrar los ojos en la escena que muestra al actor suspendido de unos ganchos, no debería avergonzarse: Crounel confiesa que ellos mismos tuvieron que hacerlo en ocasiones mientras lo filmaban, aunque la “víctima” no tenía ningún inconveniente con la tarea. Dicho esto, pareciera que Encarnaçao... es sólo un film gore con cierto reconocimiento, ya que ganó el premio Carnet Jove Jury en el Festival de Sitges, y está nominado a mejor dirección de arte y efectos especiales del Cinema Brazil Grand Prize, pronto a entregarse. Sin embargo, el cierre del tríptico que comenzó con A medianoche llevaré su alma (1964) y Esta noche encarnaré en su cadáver (1967) –ambas presentadas en la primera edición del Bafici, allá por 1999– es mucho más difícil de describir. Apelando a una estética de los años ’50 y ’60, planos clásicos, una escenografía con elementos pulp y diálogos ampulosos, Encarnaçao... condensa medio siglo de carrera cinematográfica. El film tardó, explica su director, cuarenta años en llegar a la pantalla “por culpa de la persecución de la censura, los padres, la dictadura militar y los críticos frustrados”. Los fanáticos del género ya conocen a su protagonista, Zé do Caixao, una figura siniestra en capa negra y galera del mismo color que busca denodadamente a la “mujer perfecta”, la ideal para permitirle perpetuar su sangre. En el camino inicia un raid sangriento que lo llevará a perpetrar toda clase de crímenes espantosos. Al comenzar esta entrega, Zé consigue ser liberado de prisión y se refugia en una favela. Desde allí buscará nuevamente a su esposa soñada. “Pero toda la historia comienza cuando la policía militar fusila a dos niños y Zé interviene para defenderlos”, apunta Marins. “Creo que hay mucha persecución de la policía hacia los habitantes de las favelas –explica–. Por eso yo quería conocer lo íntimo de cada uno de ellos, el espíritu de cada favelado, donde siempre fui muy respetado.” Pero si Encarnaçao... anuda un proyecto de décadas, también contiene en sí una mirada sobre las tradiciones místicas y religiosas que caracterizan a Brasil: umbanda, catolicismo, macumbas, espiritismo y hechiceras, todas se dan cita en el film. Mojica Marins explica, entonces, que el cine de terror debe apoyarse en la cultura del pueblo. “Cuando creé a Zé, llegué a la conclusión de que mi personaje tenía que usar esa capa y ser extraño, fuerte y vestido de negro para inspirar temor al pueblo de Brasil, que es muy supersticioso”, apunta. En este sentido, compara su producción con el furor del cine de terror japonés, cuya llegada a las pantallas occidentales no le preocupa. “Ellos tienen una tecnología muy fuerte, pero no puede afectar lo que hay en Brasil, porque el brasileño debe hacer ficción con el folklore que le es propio”, analiza. “Vi tres films japoneses por recomendación de amigos míos y los encuentro muy lejanos de la realidad, no son films del mundo, como sí lo fueron El bebé de Rosemary (Roman Polansky, 1968) y Poltergeist (Tobe Hooper, sobre guión de Steven Spielberg, 1982).” El auténtico cine de terror, señala, “debe significar algo con nuestra propia realidad, nuestras pesadillas, alucinaciones y fantasías”. En este sentido, a Mojica Marins no le falta inspiración. Al cabo que el mundo está lleno de guerras, masacres y crímenes espantosos, apunta y asegura que eso le “llena la cabeza con inspiración”. Otra ayuda importante a la sucesión de ideas que lo conminan a seguir trabajando con 73 años recién cumplidos es el programa de TV que lleva en la red de cable paulista NTV. “Allí hago entrevistas con grandes hombres, rockeros, presentadores de televisión y directores de cine, pero siempre buscando lo oculto en ellos, lo diferente, lo que nunca hayan contado, y junto a la entrevista hago un informe extraño: si dicen que en un lugar cayó un plato volador y hay personas adorando a un extraterrestre, ahí voy; si alguien desenterró un féretro porque el enterrado estaba vivo, también voy.” Su audiencia aumenta semana a semana y acaba de firmar el contrato para la segunda temporada del show. Pese al prestigio que ha ganado en el medio en los últimos años, Marins reconoce que al género le falta recorrer mucho camino en su país. “Soy el único que hace largometrajes –explica– y los chicos nuevos intentan filmar con mucho esfuerzo. Mi hija, por ejemplo, está filmando un largo sobre una vampiresa que debería estar listo en 2010.” Pone sus fichas en esta nueva generación de cineastas: “Los apoyo mucho, son jóvenes, ¡y quiero tener sucesores!”.
|
|
|